José Gregorio Vílchez Morán

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Reseña sobre “EL APACIBLE” por el Poeta César Seco

Bitácora celeste

 

El apacible

(Poemas para leer bajo el nublado)

José Gregorio Vílchez Morán

Universidad del Zulia, Facultad de Humanidades y Educación,

2010

 

El poeta da cuenta de su propósito situado en el umbral  que reclama su voz:

Escribir un libro dedicado al firmamento repleto y a su paz

-la del cielo y la de ella-

como un deber escolar aplazado de antemano en la vida,

-el deber y uno-

deletreando la plana mil veces,

imprimiendo los signos al vacío estelar,

repasando el poemario de cirros y alas,

obviar para ello el smog y sus fauces,

el ridículo que hacemos al preferir hacerlo;

y callar

por declarar mil veces

que Dios y yo le amamos,

para que mil veces no lo crea ni lo lea bajo el cielo tatuado

y mil veces yo lo sienta.

 

El poeta  es un flaneaur, en el sentido como lo concebía Benjamin, de vagabundeo objetivo, en la condensación de las imágenes como iluminación poética, donde elementos que parecieran lejanos unos de otros se juntan en un todo, sea Dios o Naturaleza, sin disociar. Pero no es un naif, no es ese que rinde culto al paisaje. Tan sólo es alguien que debe arrancar palabra a su perplejidad, nombrar a partir de esa vastedad que tiene por delante, llámese vacío, llámese silencio:

El sedoso cielo dispersa algo de luz

sobre las ruinas blancas

 

Ninguna aparición armada de algún ejército albañil

es otra alba,

 

Suavidades del éter

escríbense

en tan profuso caligrama de caricias.

 

El horizonte  dispone en su tinta distinta otra lectura. 

 

El paseante se detuvo en el preciso instante que su mudez era impelida a ir de a poco a un ver distinto. Viento y nubes no hablan igual, y acaso se desdicen, pero el cielo necesita de ambos para decir fulgor, para decir penumbra. El poeta ha de haber abierto su libreta de notas y, como niño balbuceante, como paleto, como muchacho tartamudo, debió ir fraguando su propio lenguaje con el cual responderle al  firmamento que, como Dios, detenta la infinitud, del nombrar infinito de los espacios y de las formas.

¿Cómo ha de interrogar ese poeta  al objeto de su mirada sin separar la repuesta de su decir? ¿Habrá, de como otro, cualquiera, con más humildad o con más prestancia, callar o articular palabra de inmediato?  No lo sabemos. Como ese mismo firmamento estamos  frente a lo intangible tangible. Somos esa inconmensurable ristra de astros, estrellas y luceros cuando nuestros ojos no alcanzan la vastedad azul de la noche, polvo cósmico del que venimos. Y somos, por igual, esa inminente claridad escindida por otra más clara aún venida del astro rey en la estación alumbrante del día. “No hay separación, no hay disociación y somos todo un Uno con el Uno de la creación”, ha de decirse el poeta dando paso al místico, abandonado a otra vastedad no menor, en la que su mudez lía con las palabras. Éste al que nos referimos que también es un hombre de fe; no un religioso, un enamorado  de lo bello, uno que expone su silencio al “mundanal ruido” frente al umbral donde se ha detenido, bajo el nublado, para enterarnos de lo que ya lo trasciende:

Gracias por responder a mis mensajes,

una tarde plomiza le dice uno a Dios;

y él,

tan El,

tan uno se hace esperar en devolver su texto

cual algunas olas y nubes lo hacen,

y también ciertas inflorescencias

que tardan,

tardan tanto en despuntar,

como los nueve meses de nuestra gestación,

el año o siglo que perturba,

o los plazos de una hipoteca o esquiva hipotenusa.

 

Pero queda de todo eso el resplandor contestado

y también esto:

el reloj invertido de arena de los sentimientos,

es decir,

lo intraducible:

la belleza de lo que uno ama bajo el cielo

en el insuplantable corazón de una mujer.

 

Sabe el poeta que el hombre es el único animal que se atreve a mirar al Cielo de frente. Sabe que él que habrá de leerlo en  su mudanza y permanencia, en la fracción mínima de un gesto: lo que las nubes van diciendo en su incesante cambio de forma, en ese hacerse y deshacerse, como el lenguaje mismo:

El sedoso cielo dispersa algo de luz

sobre las ruinas blancas.

Decir pues lo que el cielo calla; aproximarse a ello, decir, es decir, lo indecible por decir:

El horizonte dispone en su tinta distinta otra lectura.

 

Hay para el lector así también una opción otra de leer, digamos, posmoderna, de leer, o sea. entiéndase, de desleer, en esa otra vastedad que es la página en blanco, lo que en su incesante mudar de forma (sentido)dicen  (insinúan) las nubes (palabras) en permanente hacerse y deshacerse, tal cual el lenguaje mismo y su muda procedencia:

Quedaba en la asonancia

lo escrito

cual abrigo

cobertor

que por intemperies de deseo

nos cobijase

de la desaparición,

incluso

de aquellas maneras del gris.

 

Pero cuando creemos el libro dentro de un molde escritural, digamos en que la preeminencia es el lenguaje per se, sus signos se diversifican. Si incide en la soledad citadina del hablante y de lo que lo rodea por bajo y por alto, desafuero visual, descomposición urbana, ofertorio virtual (shopping-malls y sus vitrinas ostentosas, sobresaturación de publicidad, las vallas, esos nuevos dioses atrayentes, la monstruosidad decorativa de plazas y avenidas que pasa como saludo ecológico, ese “vivir en las nubes” con lo que los noticieros falsean la realidad) podemos entonces leerle más bien como poblada y pobre muchedumbre, como vacía y ensimismada riqueza, como el materialismo incierto que es, como incontestable respuesta a la que no obstante se atreve el poeta y así mismo hincar su disgustada uña en el lector: si adviene la queja no se nos la hace leer como tal sino como denuncia, ocurren entonces los desdoblamientos y la mentira es abofeteada por la verdad, verdad espiritual, honda, humana, me refiero. Lo innominable deja eco a lo certeramente nominable, y sólo el poema vence la rasgadura del tiempo:

No podremos llevarnos el cuerpo al pasar el cerrojo,

junto a otros objetos de sentimental valor

o faraónicos utensilios de viaje.

 

No es el cuerpo una carpa acomodable a un morral

y llevárnoslo a la parada final o al terminal

sujetando los souvenirs grabados en luz.

 

No es el cuerpo un cronómetro de confiable duración

pues no son tan nuestras estas células plasmadas

que asumimos propias.

 

No es el cuerpo el atavío conveniente a semejante desnudez.

 

En ese presentir llamado alma, el morral.

la carpa,

el genoma inmanente,

el roto reloj que nos ha contado en cifras

sino en un implacable despedirse de nubes y vocablos.

 

Para finalizar, algo que bien pareciera ser una boutade pero que a mi ver no lo es. Este libro es otro en cada lectura. Desde que su autor me lo envió lo he leído muchas veces y sólo esta vez he podido poner en palabra lo que me ha deparado su substancioso contenido. Diría que el poeta actuó por arte de misterio y de verdad. No cometeré el pecado literario de afirmar que es un caso de originalidad poética (ya uno de los heterónimos de Pessoa desmintió esto con argumentos más sólidos que los que pueda intentar yo en esta reseña), pero si no dudaré en sostener que hay autenticidad, incluso cuando su autor se muestra no desprovisto de un muy personal equipaje de lecturas y vuelve a recordarnos a Benjamin, quien hizo del apunte vivido, de la cita reflexionada, una de las formas más altas de la escritura.

 

CÉSAR SECO 

 

 

 

 


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Reseña de “Crismas en el piano”por José Javier León

Revista DE PALABRA, Escuela de Letras, Universidad del Zulia

Año II Nos. 3 y 4, noviembre 2009

 

Crismas en el piano de José Gregorio Vílchez por José Javier León   Para poder existir, algunos poemas necesitan de la ironía. No sólo como un recurso, uno más en la paleta de opciones, sino como su sangre, como su aire. La requieren aquellos que reproducen formas y sentimientos de tinte y tonos religiosos, aquellos que en forma de oraciones, de cantos litúrgicos, salmódicos, parodian lenguajes de humo sacro, pero que, precisamente por el chorro de vida de la ironía, retornan a brillar. Me refiero a una poesía escrita de lado y con los codos en la mesa, a un concienzudo juego de espejos, de referencias, de palabras, de sensaciones, bricolage que se extiende sobre la página para mostrarnos el mundo en su dimensión textual, en aparato verbal convertido. Preguntémonos con una pizca de sorna: ¿cuántos poetas contemporáneos (que no poemas) han hecho los votos de San Juan de la Cruz o Santa Teresa? Mas bien lejos de hacerlo, escuchan desde el infierno (que es el paraíso de la razón) las voces de Lacan y Derrida. Inocencia sin inocencia, paz sin paz, dios sin Dios, Paraíso y Hades hechos y profanados por palabras amantes e injuriantes, blasfemia y oración dirigidas al mismo torreón donde la duda y la angustia entonan su melodía de comienzos y finales del mundo moderno.   *Los poemas de Crismas en el piano pertenecen a este registro poético, suerte de veta que no se cansa de recibir visitas y siempre regala pródigamente sus canciones terrestres con un acento de cielo cuestionado. “Eras el verbo que eras”, el primer verso, abre e inaugura lo que vendrá, un diálogo que se desliza de soslayo, entre la irreverencia y la revelación. ¿Quién canta? Quién si no el cuerpo, el que a sabiendas de la muerte labra la forma de su alma. Cantar de los Cantares entonado desde el cuerpo, que invoca a ese “Dios intenso que de nocturno nos abraza al abrazarse”. Invocación que se quiere convocación, llamado a la participación sensual de la carne (siempre divina) haciéndose espíritu en los brazos de los amantes. La trascendencia por la carne, alta aspiración de los monjes soterrados. ¿Qué sílabas se requieren para probar la saliva de Dios? ¿Cómo llegar al cuerpo por el alma, y al alma por el cuerpo? Los poetas conocen sin conocer la ruta siempre inédita, que se esconde y se revela, que se hurta y aparece. Una de las rutas que visita José Gregorio Vílchez es la retórica de lo alto y lo bajo. Necesariamente, el cielo es observado desde la tierra, y las fotos satelitales de nuestro planeta azul nos enseñan la mudez del espacio y su infinito (por cierto, en esas fotografías no percibo el silencio cósmico que aterró a Pascal, sino la serenidad de un mundo por fin sin seres humanos). Dios no escribe poemas, los escriben los hombres que inventan a Dios y a la belleza, que descubren el horror y la muerte, que procuran espacios de salvación donde no hay salvación posible sino un interludio entre dos eternidades igualmente oscuras y sin significado. “El Creador de quien hablo”, está hecho de palabras que aspiran a lo alto desde lo bajo, relación necesaria y fatal, única posible, única inteligible. Un diálogo entre almas sería invertebrado de no recurrir al cuerpo. Somos las palabras de Dios, si no hablamos Dios no habla. Cuando nos hablamos habla Dios por nosotros, y la ambigüedad aquí es estricta. La maravilla del poema reside en que pone en los labios de Dios las palabras que nuestra alma sedienta quiere y necesita escuchar para seguir unida al verbo primero, para seguir escuchando en la tierra el canto celeste. Lo terrible de nuestro tiempo es que la poesía se aleja de nosotros y con ella la eternidad. Los laboratorios genéticos de la actualidad tejen los hilos de la muerte atroz, la vida sin vida, la vida sin Dios, la vida sin poesía, sin diálogo trascendente, sin Cielo y sin infierno, acercándonos peligrosa- mente a una suerte de limbo sin pulsaciones, delirio seco, sueño sin imágenes. “Eras el verbo que eras”, nombra desde esta orilla que se resiste a desaparecer, al Dios que escucha nuestra angustia y con nosotros se debate. El “Soy el que Soy” bíblico, presente eterno, se desliza al pasado y a la nostalgia. Ya no eres, eras Dios, has desaparecido, pero una suerte de última generación de hombres te invocamos desde esta tierra sacudida por vientos de destrucción. Aún apareces en nuestras palabras, y tu nombre es un rescoldo tibio, una tímida llama. Perdonen toda esta digresión, pero quise preparar el escenario para la mención de algunos recursos textuales imaginerías verbales que José Gregorio Vílchez, ha empleado para hablar(nos) desde la nostalgia (de y) a un Dios que se hurta pero que aparece donde hay dos reunidos en su nombre. En las primeras líneas hablé de la ironía como recurso, pero por la ironía nos podemos acercar a una suerte de retórica religiosa que incluye la mencionada dialéctica de lo alto y lo bajo, al poema y al poeta heridos por el costado, la fenomenología de la sangre y su repertorio de gamas y colores que van de lo cárdeno, a la púrpura a lo bermejo; la música; la crítica de la frivolidad y lo superfluo, y, como un sol destellante, la escritura, el poema, la arquitectura verbal. “Pocos creyeron en advenimientos/ tantos purgaban envueltos en redes y bauches”; “Muy lejos del larvado insomnio del resorte”; “La apostasía del asfalto”; “El Hades siete estrellas”, etc., son algunos versos donde se destila lo alto contaminado por lo bajo, el cielo tocado de tierra, o viceversa. Humana posibilidad de ver y nombrar lo iluminado, lo que aparece sólo cuando contrasta con la sombra, lo divino revelado por la tiniebla, como la tiniebla de la razón esclarece el caos divino. Las alusiones al costado, flanco sagrado por lo que le debe a la herida mortal del Cristo, nos permiten abordar un camino que nos lleva, por ejemplo, a la figura de San Sebastián, imagen paroxística del martirio, nuestro patrono, el herido por flechas, el que vio su cuerpo todo convertido en un costado sangrante. Y por el cuerpo herido podemos arribar a la imagen absoluta de la sangre, es decir, a la sangre sin cuerpo que es como la visión de la muerte, su cárdena huella. Límite visible, traspuesta para las altas revelaciones, filtro mágico. En los mundos (el prehistórico y el metahistórico del posmodernismo), los cuerpos atravesados por agujas, deformados por cicatrices voluntarias, no sangran, o mejor no exponen su sangramiento, al contrario sobreexponen la alegría del cuerpo incólume a las heridas, que exhibe sus cuchillos de bisutería hendidos en la carne prieta. Limpios de sangre exponen ufanos también su no dolor, orgullosos cuerpos sublimados que ostenta el festín de la mutilación inocua. La sangre es historia, sea que se escriba con la tinta del heroísmo, la derramada en el duro combate, en el fragor de la lucha, bien, que se escriba con la roja de los periódicos, el manchón anónimo, el escándalo que no sobrevive al próximo tiraje. La poesía, además, se escribe de lado, de costado, oblicuamente. Lo frontal queda para otros registros, regularmente prosaicos. Hablar de frente, quien lo hace, busca un enfrentamiento, se espera decir y escuchar la verdad, hay algo violento y urgente. Nada más peligroso que el culto a la verdad, nada más cerca del infierno. No obstante, como lo confirma la experiencia, nada más difícil de escuchar y decir. La poesía, por su parte, siempre recelosa, siempre esquiva, busca deslizarse por los costados. No reniega de la verdad, es sólo que no se permite la última palabra que entraña la idea de verdad, prefiere, pues, la veta de las palabras, el esplendor de Babel. La última palabra entraña la disolución, la poesía pertenece al silencio, y el silencio es un hervidero de palabras, un enjambre, un zumbido. El problema de la verdad sobrevenido por la retórica del costado, por lo que se dice de perfil, por el rabillo, en entredientes, por lo que se masculla o murmura, en fin, todo este entredecir, tiene semejanza con el entrever, con la miopía. Naturalmente, ¿quién se puede jactar de una vista de águila frente a los ojos de Dios? ¿Quién puede hablar de penetración y lejanía ante la perspectiva de la mirada de Dios? Pues bien, no es raro encontrar en la miopía una suerte de metáfora recurrente, imagen sencilla pero elocuente, simbólica, romántica, casi de estampa o de retablo. Con una austeridad exquisita, el poeta inclinado trabajosamente a la luz de una lámpara siempre exigua, es una imagen del hombre sobre la tierra, de su precariedad y su fervor. Hablamos de lo alto y lo bajo, del costado herido, de la sangre, de la miopía. Todos recursos discursivos, pero también experiencias que se resisten a abandonar al hombre a su suerte. Me referiré ahora, brevemente, a la escritura que se detiene asombrada en el aire, congelada en el acto de la escritura. El poema que se observa con ojos de reptil, que se asoma a sus palabras indagando y requiriendo su propio misterio. “Vuelves a la morada escrita”, escribe José Gregorio, y en la soledad que inaugura un coro solar de espejos, la escritura se convierte en el gesto esclarecido de la lucidez. Por esa puerta entra además el mundo, la varia realidad, su desfile de signos y lenguajes, sueños hebreos, barrocos, cristianos; los libros y la calle, el silencio y el ruido; escritura deletreante, epifanía de un vocablo sorprendido a mitad de página. Encontramos en los poemas de José Gregorio, aspiraciones, sueños, desencantos. Ritos y creencias familiares que se entrecruzan en un ideario urbano, con su fiebre, sus rabias y sus renuncias. La cruz y el santo de Isnotú, el “Polvo de sándalo y mirra”, los “Panes de vino nuboso”, comparten espacios de certidumbre bajo un cielo opaco desmantelado de dioses, no obstante, preñado de palabras que viajan en peregrinación, a veces en actitud flagelante, a la meca del sentido.


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Nueva reseña sobre mi obra por Roberto Simancas

 

 LIlia Boscán y José Gregorio Vílchez: La Academia que hace poesía por Roberto Simancas

Estos dos poetas tienen en común ser catedráticos de la Universidad del Zulia en las Humanidades. Sus biografías indican que han tenido una un desempeño en el Instituto de Estudios Literarios de Luz; Vílchez Morán profesor como Boscàn exhiben una hoja de ascenso en sus especializaciones, manteniendo actividad en el campo literario bien como conferencistas, participantes en revistas arbitradas y ante todo en el trabajo consistente de hacer poesía. La profesora Boscàn de Lombardi ha publicado los libros Aproximaciones críticas a la narrativa de Ernesto Sábato, Huellas en el tiempo, la poesía de Miguel Hernández y Sobre Arte y Literatura, entre otros; José Gregorio suma ocho títulos, de los cuales se mencionan Rosas de Magdala y Las Urdimbres Sonoras.

Lilia en su libro a reseñar Voces de la memoria, su primero en poesía; nos expresa una lírica en que la poetisa se retrae en el pasado, buscando la memoria de sus pasos anclada en sus inicios, nos imaginamos, en algún pueblo de su estado natal Trujillo. Rostros que se asoman a la ventana: /La música de la esquina/ se te agolpa a la memoria/; para entonar luego “la sonrisa cansada” de esos personajes de un Trujillo arcaico pero todavía existente. Viajera la poeta, su vía crucis será ver a Santiago /como una andina de campo/ que sale a extender la ropa/. La poeta ha vivido lo simple, lo muy sencillo; sabe capta esa atmósfera andina, mezcla de tristeza ancestral y brega diaria de sus habitantes. Ahora en su relicario se refugia en su 
Soledad porque /Una guitarra lejana/y unas campanas de iglesia/de algún pueblito vecino/sacuden la tarde muerta/.Sacudida de su letargo tendrá Voces para decirnos que /Las historias se repiten/cuando el aire está dormido, /los sueños te persiguen/ en el patio de la casa/.

 

Pienso que la profesora Lilia plasma de un modo ultra sencillo una poética decantada con un lirismo apaciguador, llevándonos a lo cotidiano sin exaltaciones de ultratumba. La sencillez poética en ella es una derivación de un manejo atento del lenguaje, que lo manifiesta en su canto al amado, su compañero de vida: /Recojo los vidrios/de las últimas heridas, /sobre páginas de piedra/con letras de luna llena/mi nombre junto a tu nombre. /

Y si Lilia Boscán de Lombardi es la poeta de lo terrenal cotidiano; el profesor José Gregorio Vílchez Morán es el rapsoda del cielo, un creyente cósmico. El mundo de este bardo ha debido transitar por el seminario cristiano, búsqueda de lo arcano y lo ultraterreno. En el libro Apacible (Poemas para leer bajo el nublado), su misma estructura denota ese viaje cósmico señalado; el poeta desde la Estrella D nos traerá de regreso a la Resplandeciente lira. En Postal de los Alisios ya embadurnado de su alquimismo, Vílchez tienta /Suavidades del éter/escríbense/en tan profuso caligrama de caricias/. La transfiguración cósmica ha hecho efecto en él y puede decir /Hoy asistí al perdón/de las nubes,/. Pero ese recorrido cósmico pareciese tener un aterrizaje, es cuando el poeta entiende que es un deber /quedarnos autistas,/amorfos de amor,/desleídos/, para más adelante en el poema Paciente expresarnos sus /Asfixiantes cólicos,/laceración contada en piréticos grados/conjugan la paciente escatología de estos miembros,/la melífera fisiología del espíritu/sobre este lecho en condición abrupta/

Poesía decantada en los arcanos del misterio, José Gregorio experimenta que /algo queda en mí/ de gran nascencia eterna/. Poeta cósmico, nada nibelungo; sí, atalaya desde el cielo.


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Nueva Reseña sobre “El Apacible”

“Entre las aromas más sagradas…”

Reseña sobre el libro “El Apacible” de José Gregorio Vílchez M.,

de la Profesora e Investigadora de la Universidad del Zulia, Iliana Morales Gollarza,

publicada en el periódico de L.U.Z.

     Bajo una palabra llevada como un deber escolar abre imágenes irresponsables. Su ala de miedo, su ala de paz. Entre el encanto de un juego surge el verso como “la belleza de lo que uno ama bajo el cielo”. Se lee “la elevación de la niebla abrupta”, que se desvanece como un “rezado silencio”. Cada poema ronda entre la música como páginas quietas. He tomado al azar algunos versos para darle al lector la posibilidad de lectura lúdica. Una lectura que se desliza entre un verso y otro sin ningún orden. Como el latido del corazón se desplaza la ternura. Conjura la soledad. Hay una manera de leer que nos permite repetir palabra a palabra hasta el encuentro fortuito de la metáfora que nos apresa.

Unos versos que nos dicen: “Como si ser humano fuese una profesión cualquiera,/ como si ser poeta dependiese de alguna prueba /de aptitud académica o endémica/ no les bastaba este obligado abandono”.

Leerlo es un contacto vital con cada palabra. Resonar entre los ritmos recorridos y quedarse recorriéndolos. Algo así como tararear una canción: “En tan urgente invocación de silencios/ aquel envolvimiento sonoro de crisálidas/ su refulgir genésico en las cosas/ seres redimidos en purpúrea y propia conjugación/ del eterno verbo innominal.”

Unidos entre el enigmático destino de expresar cuanta duda bate en el espíritu. Conmovido entre el sentimiento inaplazable ruedan por el mismo cauce. Sin ocasiones para redimir cada herida, acude a una memoria sensorial que muda la piel estremecida. Aquí habita una referencia atemporal. Se mueve entre un pensamiento centrífugo y hervido entre las aromas más sagradas.

“Puedo afirmar  que las que atisbo no son las calles de Bengala/ mas el monzón lacustre de estas coordenadas/ ha conducido también aquí sus aéreos elefantes/ en desfile cardinal/ con sus atavíos fértiles/ alfombrados/ para que el pensamiento amarice y languidezca”.

Lanza un cáliz de sombras que purifica el lamento de cada verso. Leamos estos versos y heredemos una nueva canción.

Iliana Morales Gollarza


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LA LUZ ERÓTICA DE EUGENIO DE ANDRADE

Para todo artista, toda alma tocada por la revelación plausible del crear, lo erótico trasciende lo puramente genital y físico, y puede convertirse en esencia y experiencia cognoscitiva en la celebración absoluta delos sentidos, hasta acceder así al luminescer sensible de lo perceptivo, poseíble y real. Bajo esta experiencia, todos los cuerpos, sustancias, texturas, miradas…; adquieren la erótica tonalidad que, proyectada, va y vuelve hacia el mundo desde el Ser, desde la sensitividad. Así la música es caricia de cuerdas y teclas, los efluvios evocan y erizan, las palabras poéticamente dejan de ser sólo tinta y sonido para ser también sensuales, significantemente amorosas.

Una vez más, Octavio Paz, privilegiadamente nítido, encuentra ese punto de cópula amorosa y complementaria entre creador y mundo, entre poema y deseo:

“La idea del parentesco de los hombres con el universo aparece
en el origen de la concepción del amor. Es una creencia que comienza
con los primeros poetas, baña a la poesía romántica y
llega hasta nosotros. La semejanza, el parentesco entre la
montaña y la mujer o entre el árbol y el hombre, son ejes del
sentimiento amoroso. El amor puede ser ahora, como lo fue en
el pasado, una vía de reconciliación con la naturaleza. No podemos
cambiarnos en fuentes o encinas, en pájaros o en toros,
pero podemos reconocernos en ellos” (Paz, 1993:217).

Esa reconciliación natural entre poesía y mundo es la que irradia y nos apropia desde obras como “Las manos y los frutos”, “Oscuro Dominio”, “Víspera del agua”, “Blanco en lo blanco”; y otros cautivantes títulos, atrayentes, seductores, lumínicos del poeta Eugenio de Andrade (Beira Beixa, Portugal, 1923).

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La Resurrección de la Rosa

a Neva Mora,
amiga de los florecimientos

Al Señor de todas las rosas, al carmesí que me has mostrado

Todo acontece en el más imprevisible suceder. De súbito, la simiente sobrevenida desde el vacío va fermentando en lo vivo, entonces, vislúmbrase aún el carmesí. De un instante a otro, del ser o la palabra, la ínfima raíz se bifurca hacia donde el tallo irrumpe su deseo de cielo. Con  los meses el propio corazón diagrama sus espinas, porque no ha de haber esplendor sin melancolía, ni verdad sin padecer (Rilke lo intuyó así).

Cuando abril o septiembre hubiesen desataviado sus vientres, una mañana plúmula de cúmulos, acontecerá el prodigio: abiertos a lo real, lujuriosos, ciertísimos, fragantes de alba, mortificantes como todo lo querible; los pétalos al fin redimidos, extáticos en su escarlata y brillo eterno, dirán que es inmarcesible ser la rosa.

Desnudemos, por tanto, la terrible y sencilla razón de una espera: la rosa ha venido a decirnos su belleza doliente, y su rojedad es un aplauso que nos despierta del letal sueño de los días manidos y aletargados en cualquier trivialidad, olvido o pasatiempo. No es preciso ser poeta, artista plástico o afín para atisbar la exactitud de un rosal y sus metáforas; mas tal vez sí para asistir a su perpetuación. Con el paso de los mil caballos de la duración, la luminosidad rosada decrecerá sola bajo el viento, y he allí su parentesco con la carne y su consanguinidad con el espíritu.

En vano, las tijeras trocharán los espinosos nudos y el refrigerador simulará los rigores del páramo: el emblema de Venus se deshace, se devuelve a la nada, color que dará paso a la incontenible transparencia. Mas ¿dónde iremos a  reclamar su fragancia, esa corporalidad magnética que no sólo a los insectos inspiró pasión o cercanía? La rosa rediviva nos conjurará en afable nitidez, renovada en sentimiento y meditada ensoñación sobre la página, sobre la fértil y extensísima llanura que es el corazón del poeta:

La rosa se desvanece

y se renueva

por su semilla, naturalmente

pero adónde

 

salvo al poema

irá

para que no disminuya

su esplendor

 William Carlos Williams (I)

La experiencia de unicidad y, a su vez, de mismidad de consistir lo otro que nos otorga la poesía, embalsama perpetuamente el ser revelado, aquella distensión del alma que nos encarna en rosas como centros donde lo evocado -¿invocado?- pasa a ser también recuperable, redimible, salvado así en nosotros como algo que busca y alcanza la perdurabilidad.

Bachelard, inspiradamente lúcido, escribe: <<La flor que nace en el ensueño poético es entonces el propio ser del soñador, su ser floreciente>>. (II) ¿No es este florecer del que nos habla William Carlos Williams? Aprendamos, aceptando su influjo, a consistir la rosa, el asfódelo, como una profunda inflorescencia del alma:

me creerán

una rosa

hasta el fin del tiempo

William Carlos Williams (III)

No obstante, es enmudecer también ante el misterio. Nuestro atavismo con el mundo nos instala entre dos perspectivas, dos orillas, dos realidades conjuntas. Una rosa semejante es también un puente. Pasar es la conjura.

Lo paradojal como condición de la existencia. No todo invierno es señal de desaparecimiento, y la juventud nos hace tan dolientes como ancianos. Se padece como la rosa el deshoje. Se hace inevitable callar, doblegarse, entregarnos como quien ora a la invocación de un abril con cuya fuerza comencemos de nuevo a levantarnos:

Y yo no tengo palabras pare decirle al rosal contrahecho

Que mi juventud se doblega ante la misma fiebre invernal

Dylan Thomas (IV)

Una metafísica de la rosa devendrá necesariamente en poética. Rosa, rosae, rosarium; nombres visionarios convocatorios de experiencias interiores, centrífugas y sobre todo arquetipales. Para Ellemire Zolla: <<Los arquetipos que convergen semejan los pétalos abiertos de un capullo de rosa>>. (V)

Arquetipos, sueños, imágenes, emociones. Desde esta perspectiva entendemos al poeta:

Reversos donde el misterio se desnuda,

donde arroja uno a uno los sucesivos

                   [velos los sucesivos nombres,

                                         sin

alcanzar jamás el corazón cerrado

                                                 [de la rosa.

Olga Orozco (VI)

Unidad dentro de lo múltiple, respiración interna que en fotosíntesis del verbo trashuma territorios de revelación. La contemplación incita el goce sensitivo de la inflorescencia, el descubrimiento del retoño como promesa esperanzadora, algo desconocido para quien sólo cultiva flores de plástico o satén. Una epifanía floral que desdeña cualquier afán intelectualizador o moralizante. Sólo se apetece la inaudible visión:

Nadie es el señor de la luz detenida

en una mirada, nadie

 

se demora cantando frente al silencio

de una rosa cerrada.

Eugenio de Andrade (VII)

Orientarse por las rosas significa enrumbar a confines de asombrosos encuentros. El viaje interior se inicia cuando dejamos a ciertos insectos emigrar al deseo. Acontece en el limbo de rojiblancas danzarinas una inaugurada plenitud que reconcilia con todo aquello vegetal que hay en nosotros. Vuelve a la voz el sol amanecido, las líricas resinas derraman en el vino su lujuriosa somnolencia. Sobre todo aquí, en este trópico llameante, envueltos por vahos forestales donde los tepuyes y montañas resguardan los símbolos, encontramos esta voz ancestral, lumínica de un fragmento maya, ubicándonos en la exacta latitud del sentimiento:

Las abejas rojas se derraman sobre la tierra de Oriente:

la rosa es su jícara, la flor encarnada en su flor.

 

Las abejas blancas inundan la tierra del Norte:

La rosa blanca es su jícara, la flor blanca es su flor

Chilam Balam

¿Cómo dejar al sesgo la rosadez de Eros, aquel lecho de rosas conmovido? Más aún es púbica la rosa. En sus corolas se vivifica lo deseable de la femineidad, entreabrir pétalos cual repliegues es una invocación de carácter torrencial. Tocar es conocer. Conozcámosle detenidos donde el cáliz se ofrece abrisado y latiente, y entonces, descender:

Extensos brazos

benevolentes

y tú, rosa abierta, caída

contra el resplandor negro de mis deseos

  Juan Sánchez Peláez (VIII)

La voluptuosidad proviene del color y su prisa, rosas que son detonaciones de la vida en batalla perpetua. Los contrarios convergen en cada botón, su bermellón ejército atravesando las venas en sangre y clorofila, y en su pulso las canciones estallan, como de oleaje deliran las anémonas:

Semejantes a un dios con enormes ojos y con

formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas

de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.

Rimbaud (IX)

En Cascia reaparecen cada año entre la tumba de una santa. La conocemos púrpura en El Cairo, mística en Sarón, perdida de los vientos, martianamente blanca. Aún andamos tras el poder de su nombre, Eco lo imaginó anagramado y huidizo. No obstante, la rosa siempre ha de germinar a pesar de las hiedras y otras encinas que provocan pesadumbre, a pesar de la inflación o el superávit. He allí el poeta y su cultivo pródigo:

Por qué llorar la flor marchita

y por qué llorar las lilas

por qué llorar la rosa de ámbar

  Eluard (X)

Ambarina entonces, más no fosilizada. Sí respirante en renuevos, afogajada en abril lubricación ¿Has visto una rosa entregarse bajo la tempestad, su cautivante sumisión a los relámpagos, su cópula de luz, su valseo sordo con los truenos? ¿La has contemplado, seducida, resurgir en el agua?:

 

Dime rosa del agua cuánto blanco te queda

cuánto blanco te queda en el hueso cuánto en el alma

dime qué nube

te da rocío rosa del agua dime qué vuela entre ti

rosa del agua dime qué barcos te crearon

Gustavo Pereira (XI)

Toda la tarde se detiene en su cáliz. Los tordos la describieron trémula  como quien espera un beso. No en vano mayo y octubre disputaron su piel. Recorrerla, aun espina por espina, es admitir la tersura, regresar a los días cuando dormíamos el sueño de los gatos a sus pies, y es también convocar otras auroras, vespertinidades de fábulas contadas y reescritas como se aguarda el cumplimiento de un florecer y un reino:

 

No veo la hija del ya mediado mayo;

esa rosa futura, cargada de rocío

donde mucho murmuran las alas de la tarde

John Keats (XII)

Una significante conjunción de rosas y muchachas apacienta las baladas. Las manos buscan los manojos como la boca la voz y el laúd las sinalefas. El corazón deambula de ventana en ventana recogiendo todo aquello que el poeta destila en melífera profusión de palabras y corolas. Duelen aún las sajaduras, pero la mocedad se devuelve por nuevos atajos:

 

Venían tres muchachas por su calle

                                        diciendo:

Las canciones que cantaban anoche

sabían a rosas

Palomares (XIII)

Mas ¿qué sino un mesiánico dictamen, un empeño de divina creación es la causa del milagro? Si alguien conoce de rosas es el Supremo ser. El poeta intuye, vislumbra la nulidad del tiempo frente a la sacralidad que es manifiesta en tan sutil coronación: cada pétalo es sostenido por  angélicos fulgores y antes del tercer día es eminente su renacimiento en la gleba del poema; por eso se dice de Dios:

Si flotando en las nubes no cayera;

si ni usara del tiempo

con tanta redondez en la rosa, en sus pétalos

Eugenio Montejo (XIV)

Sin amaneramientos, de rigor puro, llevamos en el ser sangre de rosas. Ni tiempos, ni muerte, ni contumaz silencio han podido amilanar este rosado adviento. La poesía resucita indomeñablemente lazariana desde la mente yerma, desde los suelos baldíos de la monotonía o la fugacidad. Vuelve el sol a los pistilos, el relente  a sus efluvios, la rima conjugada con afables espinas. Vuelve la rosa, nuestra alma en distinta redención de amorosa certidumbre. Por claridad, afines, amantes en carmesí bautismo; setenta veces libres, setenta veces vivos ramificando un rosal de palabras infinitas:

                                                          

Ocultadme en un valle tranquilo

y esperando mi resurrección,

id sorbiendo con vuestras raíces

la amargura de mi corazón.

 

Rosas, rosas divinas y bellas,

sollozad, pues sois flores de amor.

Lorca (XV)

Y yo reafirmo, en medio de este siglo del clon, los cyborgs y los seres in vitro, que sólo en el poema la rosa verdadera reencuentra su Dios y nosotros su fragancia.

 José Gregorio Vílchez Morán.

 

 

NOTAS

 

  1. Williams, William Carlos. Pictures from Brueghel. Cit., por: Levertov, Denise. “El poeta en el mundo”. Monte  Ávila editores. Caracas, 1979. Pág. 308.
  2. Bachelard, Gastón. “La poética de la ensoñación”. Fondo de Cultura Económica, Breviarios. México, 1973. Pág. 233.
  3. Williams, William Carlos. “Tres poetas anglosajones”. Fundarte. Colección Breves. Nº 39. Caracas, 1991. Pág. 98.
  4. Thomas, Dylan. “Tres poetas anlosajones. Obra citada., pág. 57.
  5. Zolla, Ellemire. “Los arquetipos”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1983. Pág. 171.
  6. Orozco, Olga. “En el revés del cielo”. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 1987. Pág. 43.
  7. De Andrade, Eugenio. “Blanco en lo Blanco”. Fundarte. Colección Breves. Nº 35. Caracas, 1987. Pág. 49.
  8. Sánchez Peláez, Juan. “Poesía”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1984. Pág. 8.
  9. Rimbaud, Arthur. “Las Iluminaciones”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1986. Pág. 2.
  10. Eluard, Paul. “Antología poética”. Fondo Editorial Tropykos. Coleeción Paria, Caracas, 1992. Pág. 20.
  11. Pereira, Gustavo. “Vivir contra morir”. Fundarte. Colección Delta. Nº 20. Caracas, 1988. Pág. 94.
  12. Keats, John. Citado por González León, Adriano. Del Rayo y dela Lluvia”. Ediciones Cadafe. Caracas, 1981. Pág. 283.
  13. Palomares, Ramón. “Poesía”. Monte Ávila Editores. II Edición. Caracas, 1981. Pág. 195.
  14. Montejo, Eugenio. “Alfabeto del mundo”. Editorial Laia. Barcelona, España. 1987. Pág. 77.
  15. García Lorca, Federico.  “Selección poética”. Editores Mexicanos Unidos, 1981. Pág.  268.



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Reseña sobre “El Apacible” (Poemas para leer bajo el nublado)

Leer el nublado

           No es un libro propiamente, es un río de cálices, tepuyes, códices y cicatrices; no está dividido por capítulos, sino que tiene ramas frondosas y en ellas hojas de todo tipo. No se puede decidir el lector por apuntar la armoniocidad de su mensaje o de su expresión, lo que personalmente puedo decir es que siento que mi vida en una parte de mi cuerpo está en él; una palabra se asoma como tatuaje: “Concavidad”.

            El calco de la realidad social actual está por todas partes como oxigeno de esa atmósfera, pero expresado de tal manera que muestra su decadencia sin tornarla grotesca, como verdaderamente es; hace posible una lectura agradable y reflexiva sobre nuestra condición humana, muy bien esbozado en el poema de “La teoría del Bang Bang”. En el poema “Absoluto” se precisa una impotencia frente a la falta de sensibilidad del hombre actual por lo espiritual que lo lleva a despreciar la naturaleza; entonces, el poeta se siente extranjero o extraño en su tierra por sentir y sentirse sin temor a disfrutar la naturaleza.

            No puedo ya hablar del todo de la obra, porque al leerlo yo misma me he fragmentado en poemas que armaron mi cuerpo  desarmaron mi mente. El poema que seduce mi alma y agrada más a mi espíritu es “I Reyes 19:12”, porque siento que fue escrito para mi y para todo el mundo… Una poética forma de ver a Dios que me ha dejado disuelta en esa página; cada vez que se lee se visualiza un atributo nuevo de Dios y un aliento nuevo corre dentro del lector sin poder evitarlo.

            El fuego del espíritu Santo brota desde ese poema y calienta todo el río como un hombre cuando acaricia a su amada poco a poco, hasta que ya no son más dos fuegos sino una sola llama. Entonces ya no sería un río frío y pasajero, sino un río tibio: “apacible”.

            De “Vivir en las nubes” sólo puedo decir que no llego a ver las letras, cada palabra me traza una línea de su rostro inevitablemente; veo una foto suya con sus lentes oscuros, su maletín y su camisa de cuadros. No puedo arrancar su imagen de esa página aunque lo intente con intelectual esfuerzo pues he concluido: no es un poema, es una foto. Esa “Columna visible” es su propia cara, su propia vida; sus libros los signos prometidos a nosotros sus lectores, que anhelamos saber, aprender y nacer en ese “habitarse”, ese “oír viendo desde la música” que usted nos habla en el poema “Esa hora”.

            Teniendo la palabra de Dios como catalizador de esos misterios de poder llegar a ser blancos en una ciudad de tinieblas, como bien lo cantan a dúo los poemas “El incienso del pez” y “El mismo matiz”, puedo admitir que el brillo de sus recuerdos ilumina a otros.

A este punto, reconozco que como en su río y en su vida, el poeta siempre nace en una “caída ascensional; a pesar de tantos pesares, para entre otras cosas, escribir entorno a lo feliz o no de los sucesos, y también sobre uno” (del poema “Ley de gravedad”) a través de un código misterioso y universal que nos llevará como poetas a una pretérita inmovilidad que nos hace caer por nuestro propio peso en un “tácito decir” que pocos comprenden. (Del poema “Tráfico pesado”).

            Para finalizar, puedo añadir dos voces que cantan suavemente tras las líneas de ese su río interior: una la de Montejo susurrando que “todo lo que amamos se hace nube” y otra la de Bécquer que termina el cántico recitando: “mientras haya esperanzas y recuerdos habrá poesía”. Entonces me pregunto ¿por qué nube y porqué poesía?, Montejo me responde escondido tras las palabras cual escudo febril para no dejar ver completamente su rostro:

 “La terredad de un pájaro es su canto,

 lo que en su pecho vuelve al mundo con los ecos de un coro invisible

 desde un bosque ya muerto.

Su terredad es el sueño de encontrarse en los ausentes,

de repetir hasta el final la melodía

mientras crucen abiertas los aires

sus alas pasajeras;

aunque no sepan a quien le cantan

ni porqué” (del poema “La terredad del pájaro”, de Montejo).

            Concluyo así que el canto apacible de su río interior viene de Dios y ha florecido en letras que gimen por el desprecio de los corazones endurecidos y los ojos mercantilizados, sudan por el pan de las artes y ríen por la gracia de saberse vivas entre tantos muertos.

Génesis León de García

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