
a Neva Mora,
amiga de los florecimientos
Al Señor de todas las rosas, al carmesí que me has mostrado
Todo acontece en el más imprevisible suceder. De súbito, la simiente sobrevenida desde el vacío va fermentando en lo vivo, entonces, vislúmbrase aún el carmesí. De un instante a otro, del ser o la palabra, la ínfima raíz se bifurca hacia donde el tallo irrumpe su deseo de cielo. Con los meses el propio corazón diagrama sus espinas, porque no ha de haber esplendor sin melancolía, ni verdad sin padecer (Rilke lo intuyó así).
Cuando abril o septiembre hubiesen desataviado sus vientres, una mañana plúmula de cúmulos, acontecerá el prodigio: abiertos a lo real, lujuriosos, ciertísimos, fragantes de alba, mortificantes como todo lo querible; los pétalos al fin redimidos, extáticos en su escarlata y brillo eterno, dirán que es inmarcesible ser la rosa.
Desnudemos, por tanto, la terrible y sencilla razón de una espera: la rosa ha venido a decirnos su belleza doliente, y su rojedad es un aplauso que nos despierta del letal sueño de los días manidos y aletargados en cualquier trivialidad, olvido o pasatiempo. No es preciso ser poeta, artista plástico o afín para atisbar la exactitud de un rosal y sus metáforas; mas tal vez sí para asistir a su perpetuación. Con el paso de los mil caballos de la duración, la luminosidad rosada decrecerá sola bajo el viento, y he allí su parentesco con la carne y su consanguinidad con el espíritu.
En vano, las tijeras trocharán los espinosos nudos y el refrigerador simulará los rigores del páramo: el emblema de Venus se deshace, se devuelve a la nada, color que dará paso a la incontenible transparencia. Mas ¿dónde iremos a reclamar su fragancia, esa corporalidad magnética que no sólo a los insectos inspiró pasión o cercanía? La rosa rediviva nos conjurará en afable nitidez, renovada en sentimiento y meditada ensoñación sobre la página, sobre la fértil y extensísima llanura que es el corazón del poeta:
La rosa se desvanece
y se renueva
por su semilla, naturalmente
pero adónde
salvo al poema
irá
para que no disminuya
su esplendor
William Carlos Williams (I)
La experiencia de unicidad y, a su vez, de mismidad de consistir lo otro que nos otorga la poesía, embalsama perpetuamente el ser revelado, aquella distensión del alma que nos encarna en rosas como centros donde lo evocado -¿invocado?- pasa a ser también recuperable, redimible, salvado así en nosotros como algo que busca y alcanza la perdurabilidad.
Bachelard, inspiradamente lúcido, escribe: <<La flor que nace en el ensueño poético es entonces el propio ser del soñador, su ser floreciente>>. (II) ¿No es este florecer del que nos habla William Carlos Williams? Aprendamos, aceptando su influjo, a consistir la rosa, el asfódelo, como una profunda inflorescencia del alma:
me creerán
una rosa
hasta el fin del tiempo
William Carlos Williams (III)
No obstante, es enmudecer también ante el misterio. Nuestro atavismo con el mundo nos instala entre dos perspectivas, dos orillas, dos realidades conjuntas. Una rosa semejante es también un puente. Pasar es la conjura.
Lo paradojal como condición de la existencia. No todo invierno es señal de desaparecimiento, y la juventud nos hace tan dolientes como ancianos. Se padece como la rosa el deshoje. Se hace inevitable callar, doblegarse, entregarnos como quien ora a la invocación de un abril con cuya fuerza comencemos de nuevo a levantarnos:
Y yo no tengo palabras pare decirle al rosal contrahecho
Que mi juventud se doblega ante la misma fiebre invernal
Dylan Thomas (IV)
Una metafísica de la rosa devendrá necesariamente en poética. Rosa, rosae, rosarium; nombres visionarios convocatorios de experiencias interiores, centrífugas y sobre todo arquetipales. Para Ellemire Zolla: <<Los arquetipos que convergen semejan los pétalos abiertos de un capullo de rosa>>. (V)
Arquetipos, sueños, imágenes, emociones. Desde esta perspectiva entendemos al poeta:
Reversos donde el misterio se desnuda,
donde arroja uno a uno los sucesivos
[velos los sucesivos nombres,
sin
alcanzar jamás el corazón cerrado
[de la rosa.
Olga Orozco (VI)
Unidad dentro de lo múltiple, respiración interna que en fotosíntesis del verbo trashuma territorios de revelación. La contemplación incita el goce sensitivo de la inflorescencia, el descubrimiento del retoño como promesa esperanzadora, algo desconocido para quien sólo cultiva flores de plástico o satén. Una epifanía floral que desdeña cualquier afán intelectualizador o moralizante. Sólo se apetece la inaudible visión:
Nadie es el señor de la luz detenida
en una mirada, nadie
se demora cantando frente al silencio
de una rosa cerrada.
Eugenio de Andrade (VII)
Orientarse por las rosas significa enrumbar a confines de asombrosos encuentros. El viaje interior se inicia cuando dejamos a ciertos insectos emigrar al deseo. Acontece en el limbo de rojiblancas danzarinas una inaugurada plenitud que reconcilia con todo aquello vegetal que hay en nosotros. Vuelve a la voz el sol amanecido, las líricas resinas derraman en el vino su lujuriosa somnolencia. Sobre todo aquí, en este trópico llameante, envueltos por vahos forestales donde los tepuyes y montañas resguardan los símbolos, encontramos esta voz ancestral, lumínica de un fragmento maya, ubicándonos en la exacta latitud del sentimiento:
Las abejas rojas se derraman sobre la tierra de Oriente:
la rosa es su jícara, la flor encarnada en su flor.
Las abejas blancas inundan la tierra del Norte:
La rosa blanca es su jícara, la flor blanca es su flor
Chilam Balam
¿Cómo dejar al sesgo la rosadez de Eros, aquel lecho de rosas conmovido? Más aún es púbica la rosa. En sus corolas se vivifica lo deseable de la femineidad, entreabrir pétalos cual repliegues es una invocación de carácter torrencial. Tocar es conocer. Conozcámosle detenidos donde el cáliz se ofrece abrisado y latiente, y entonces, descender:
Extensos brazos
benevolentes
y tú, rosa abierta, caída
contra el resplandor negro de mis deseos
Juan Sánchez Peláez (VIII)
La voluptuosidad proviene del color y su prisa, rosas que son detonaciones de la vida en batalla perpetua. Los contrarios convergen en cada botón, su bermellón ejército atravesando las venas en sangre y clorofila, y en su pulso las canciones estallan, como de oleaje deliran las anémonas:
Semejantes a un dios con enormes ojos y con
formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas
de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.
Rimbaud (IX)
En Cascia reaparecen cada año entre la tumba de una santa. La conocemos púrpura en El Cairo, mística en Sarón, perdida de los vientos, martianamente blanca. Aún andamos tras el poder de su nombre, Eco lo imaginó anagramado y huidizo. No obstante, la rosa siempre ha de germinar a pesar de las hiedras y otras encinas que provocan pesadumbre, a pesar de la inflación o el superávit. He allí el poeta y su cultivo pródigo:
Por qué llorar la flor marchita
y por qué llorar las lilas
por qué llorar la rosa de ámbar
Eluard (X)
Ambarina entonces, más no fosilizada. Sí respirante en renuevos, afogajada en abril lubricación ¿Has visto una rosa entregarse bajo la tempestad, su cautivante sumisión a los relámpagos, su cópula de luz, su valseo sordo con los truenos? ¿La has contemplado, seducida, resurgir en el agua?:
Dime rosa del agua cuánto blanco te queda
cuánto blanco te queda en el hueso cuánto en el alma
dime qué nube
te da rocío rosa del agua dime qué vuela entre ti
rosa del agua dime qué barcos te crearon
Gustavo Pereira (XI)
Toda la tarde se detiene en su cáliz. Los tordos la describieron trémula como quien espera un beso. No en vano mayo y octubre disputaron su piel. Recorrerla, aun espina por espina, es admitir la tersura, regresar a los días cuando dormíamos el sueño de los gatos a sus pies, y es también convocar otras auroras, vespertinidades de fábulas contadas y reescritas como se aguarda el cumplimiento de un florecer y un reino:
No veo la hija del ya mediado mayo;
esa rosa futura, cargada de rocío
donde mucho murmuran las alas de la tarde
John Keats (XII)
Una significante conjunción de rosas y muchachas apacienta las baladas. Las manos buscan los manojos como la boca la voz y el laúd las sinalefas. El corazón deambula de ventana en ventana recogiendo todo aquello que el poeta destila en melífera profusión de palabras y corolas. Duelen aún las sajaduras, pero la mocedad se devuelve por nuevos atajos:
Venían tres muchachas por su calle
diciendo:
Las canciones que cantaban anoche
sabían a rosas
Palomares (XIII)
Mas ¿qué sino un mesiánico dictamen, un empeño de divina creación es la causa del milagro? Si alguien conoce de rosas es el Supremo ser. El poeta intuye, vislumbra la nulidad del tiempo frente a la sacralidad que es manifiesta en tan sutil coronación: cada pétalo es sostenido por angélicos fulgores y antes del tercer día es eminente su renacimiento en la gleba del poema; por eso se dice de Dios:
Si flotando en las nubes no cayera;
si ni usara del tiempo
con tanta redondez en la rosa, en sus pétalos
Eugenio Montejo (XIV)
Sin amaneramientos, de rigor puro, llevamos en el ser sangre de rosas. Ni tiempos, ni muerte, ni contumaz silencio han podido amilanar este rosado adviento. La poesía resucita indomeñablemente lazariana desde la mente yerma, desde los suelos baldíos de la monotonía o la fugacidad. Vuelve el sol a los pistilos, el relente a sus efluvios, la rima conjugada con afables espinas. Vuelve la rosa, nuestra alma en distinta redención de amorosa certidumbre. Por claridad, afines, amantes en carmesí bautismo; setenta veces libres, setenta veces vivos ramificando un rosal de palabras infinitas:
Ocultadme en un valle tranquilo
y esperando mi resurrección,
id sorbiendo con vuestras raíces
la amargura de mi corazón.
Rosas, rosas divinas y bellas,
sollozad, pues sois flores de amor.
Lorca (XV)
Y yo reafirmo, en medio de este siglo del clon, los cyborgs y los seres in vitro, que sólo en el poema la rosa verdadera reencuentra su Dios y nosotros su fragancia.
José Gregorio Vílchez Morán.
NOTAS
- Williams, William Carlos. Pictures from Brueghel. Cit., por: Levertov, Denise. “El poeta en el mundo”. Monte Ávila editores. Caracas, 1979. Pág. 308.
- Bachelard, Gastón. “La poética de la ensoñación”. Fondo de Cultura Económica, Breviarios. México, 1973. Pág. 233.
- Williams, William Carlos. “Tres poetas anglosajones”. Fundarte. Colección Breves. Nº 39. Caracas, 1991. Pág. 98.
- Thomas, Dylan. “Tres poetas anlosajones”. Obra citada., pág. 57.
- Zolla, Ellemire. “Los arquetipos”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1983. Pág. 171.
- Orozco, Olga. “En el revés del cielo”. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 1987. Pág. 43.
- De Andrade, Eugenio. “Blanco en lo Blanco”. Fundarte. Colección Breves. Nº 35. Caracas, 1987. Pág. 49.
- Sánchez Peláez, Juan. “Poesía”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1984. Pág. 8.
- Rimbaud, Arthur. “Las Iluminaciones”. Monte Ávila Editores. Caracas, 1986. Pág. 2.
- Eluard, Paul. “Antología poética”. Fondo Editorial Tropykos. Coleeción Paria, Caracas, 1992. Pág. 20.
- Pereira, Gustavo. “Vivir contra morir”. Fundarte. Colección Delta. Nº 20. Caracas, 1988. Pág. 94.
- Keats, John. Citado por González León, Adriano. Del Rayo y dela Lluvia”. Ediciones Cadafe. Caracas, 1981. Pág. 283.
- Palomares, Ramón. “Poesía”. Monte Ávila Editores. II Edición. Caracas, 1981. Pág. 195.
- Montejo, Eugenio. “Alfabeto del mundo”. Editorial Laia. Barcelona, España. 1987. Pág. 77.
- García Lorca, Federico. “Selección poética”. Editores Mexicanos Unidos, 1981. Pág. 268.